Vacaciones de madre

vacaciones de madre

Siempre hay tiempo y momento para una primera vez. Y este verano he disfrutado mis primeras vacaciones de madre, una primera vez que ha llegado después de 3 hijos y 11 años criando, y a mis cuarenta. No se si ha sido pronto o tarde, pero ¡bienvenidas han sido!.

Se que esta experiencia va con un poco de retraso, metidas ya como estamos en otoño. Pero va un poco como mi vida en general ahora mismo, en la que lo primero son mis tres, y ya luego si eso voy yo, como vienen siendo normal cuando una vive esta locura de la maternidad. Y creo que merece dejar este testimonio porque

Puede parecer un poco frívolo o de «mala madre» pensar en eso de irte de vacaciones de madre. Pero a mi cuerpo serrano, o más bien a mi chuchurrío cerebro, le hacía falta una desconexión y volver, aunque solo fuera por un par de días, al modo «mujer sin responsabilidades a cargo». Y como no seré yo quien entre a juzgar vidas ajenas, tampoco me preocupa sobremanera que lo hagan conmigo.

Adoro a mis hijos y sin duda, a pesar de ser lo más cansado – y en ocasiones hasta frustrante, cuando las cosas no salen como esperas -, que he hecho en mi vida, no cambio por nada la oportunidad que he tenido de dedicarme exclusivamente a mis tres hijos desde que somos familia numerosa. Fue una decisión obligada por las circunstancias, pero después de siete años de maternidad lidiando con la conciliación, que ni conciliar ni leches, tener la posibilidad de criar en exclusiva a mi bebé fue, a pesar de las circunstancias, un auténtico regalo.

Pero lo de criar exclusivamente y a tiempo completo es cansado de narices, si además le sumamos una mudanza internacional y perder la posibilidad total del apoyo familiar en los momentos de extrema necesidad. Cuando no tienes familia ni apoyo cerca, toca estar para todo, a pesar de todo.

Esta primavera me rompí el dedo meñique del pie izquierdo, y casi sin poder apenas apoyar el pie, muerta de dolor, fui a urgencias, no sin antes llevar a mis hijos al colegio. Porque si no los llevo yo, no los puede llevar nadie. Salí de urgencias con una bota con una férula ortopédica que me inmovilizaba el pie y me permitía caminar sin morir de dolor, y así seguí con mi vida normal, llevando y trayendo a los niños del colegio, haciendo la compra, arreglando la casa, porque lo de sentarme a reposar siendo madre de tres es como un poco utopía.

Así que sí, reconozco que después de casi 4 años criando en exclusiva, asumiendo una mudanza internacional y haciéndome cargo de la adaptación de mis hijos a un nuevo país, una nueva ciudad, un nuevo colegio, nuevas costumbres, cultura y modo de vida, estando con ellos sola prácticamente el 100% del tiempo porque papá trabaja muchas – demasiadas – horas fuera de casa, necesitaba un pequeño desahogo. Un paréntesis, un respirar, un poder estar al menos dos días sin ocuparme ni preocuparme de nada en absoluto.

En este momento seguro que alguien que me lea pensará «se va a quejar esta, que «no trabaja fuera de casa» anda que si …(inserte aquí el primer reproche absurdo que se te ocurra)… se iba a enterar». Pues vale. Como se qué es lo uno y lo otro, puesto que el 70% de mi maternidad la he vivido trabajando también fuera de casa – y digo también porque, aunque no debiera matizarlo, cuando «solo eres madre» trabajas, y no poco -, no cabe discusión alguna por mi parte.

Y fueron eso, tres días escasos en los que me escapé con una de mis mejores amigas a la playa, a una distancia prudente de casa, lo suficientemente lejos para sentirme fuera, lo suficientemente cerca para volver en poco más de una hora ante cualquier problema. Echando de menos a mis niños, sí, pensando lo mucho que disfrutarían en esa playa, también, pero tranquila, relajada, disfrutando de ese momento de soledad que tanta falta me hacía. Y sin remordimientos.

Mis hijos me echaron de menos, por supuesto, pero también fueron los primeros en decirme – menos el pequeño, claro – «mamá, vete tú sola, te lo mereces». Y también tuvieron sus mini-vacaciones sin mamá, solo con la abuela, haciendo esas cosas que solo pueden hacer con la abuela cuando mamá no está y que son la mar de divertidas.

Nos echamos de menos, y es también está bien. Porque a veces, echarse un poco de menos en medio de la rutina y la monotonía, es como abrir la ventana cuando el ambiente está cargado, necesario y reconfortante, sobre todo cuando volvemos a abrazarnos.

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