Anécdotas de una tri-madre novata: con la lluvia hemos topado

Presiento que la tri-maternidad vendrá con cientos de anécdotas que en el momento querré morirme, pero se que una vez pasad, hasta me reiré de ello.

Creo que por cada hijo he ido perdiendo un número considerable de neuronas, a juzgar por mi despiste generalizado y mi mala memoria, que no recuerdo ni lo que cené ayer. Esta pérdida de neuronas me lleva también a realizar acciones cuasi suicidas, en mi nula capacidad de calcular los efectos colaterales de dichas acciones o no recordar vivencias pasadas similares.

Vamos al grano. Puente de Todos los Santos pasado por agua, más lluvioso que cuando el diluvio universal. Niños en casa en modo #mesalgodelpellejodelaburrimiento dando por saco #hastaelinfinitoymás allá, y es que tantos días metidos en casa por muchos juegos, bizcochos caseros, sesión de películas y palomitas que disfrutemos, no hay cuerpo que lo aguante.

Así que ayer, pareciendo que escampaba -parecer del verbo «ja, que te lo crees tú, bonita»-, me atrevo a salir sola a la calle con los tres. Temiendo que nos pudiera llover «un poco» el plan era sencillo: irnos a comer a un Burriking cercano a casa, con poco público y zona de juego amplia, así los niños podrían desfogar un buen rato toda esa energía contenida durante casi tres largos días.

Teniendo en cuenta que al menos ya voy logrando medio organizarme y arreglarlos en un tiempo decente -de aquí a nada, al ritmo que cambio pañales y visto a un recién nacido y dos infante, los mecánicos de Fernando Alonso a mi lado serán meros aficionados- allá que nos vamos. A las 4 de la tarde, oigan, pero teniendo en cuenta el perreo mañanero y desayunar casi a las 12, como si fueran las 2 del mediodía.

Qué bien, salgo de casa y brilla el sol como llevaba haciéndolo toda la mañana. Entre las nubes, sí, pero sol al fin y al cabo. Entre mi casa y el susodicho, tres minutos de ná en coche. Llego, aparco, me bajo del coche, abro el maletero, saco el carro, lo despliego y… «no me jo***» que está lloviendo. ¡C***, no podía haber empezado a llover dos minutos antes y así ni me habría bajado del coche!.

Vale, cojo lo necesario -bolso maternal, fular elástico, chaquetones de los niños, botellas de agua- deprisa y corriendo y aprieta la lluvia. Me cago en la madre que parió a Panete. Ya me lío y no se si coger primero el plástico para la lluvia del carrito o mi paraguas.

Abro inciso para contar que me he comprado la madre de todos los paraguas. Un paraguas tamaño sombrilla de playa con última tecnología anto-viento, para meter  a todos los polluelos en sus bajos y no morir en el intento de ponerlo bien cuando el viento decida darle la vuelta. Lo peor que puede pasar es que salga yo volando con él, cual Mary Poppins. Cierro inciso.

Al final decido primero tapar el cochechito con el plástico y mientras voy a coger el paraguas veo LA NUBE. Sí, esa nube que parece la de Mordor, que sabes que va a traer más agua que cuando Noe sacó el arca a pasear. Esa nube que me decía a gritos » te va a caer la del pulpo».

Ya paraguas en mano saqué al pequeñín del coche, lo metí en el carro y mientras le digo a lo mayores que se bajen cagando leches comienza EL DILUVIO. Jodó qué manta de agua, justo en ese momento. Menos mal que mi super paraguas sombrillero nos da cabida a todos, carrito incluído.

Cerramos puertas, comenzamos a andar a paso ligero para mojarnos lo menos posible mientras llueve a mares y de momento a mi hija, que no puede salir de casa con las manos vacías y en lugar del típico bolso llevaba un joyero con tapa y cajones lleno de pulseras y muñecos de Playmobil, se le cae el p*** joyero al suelo. Y yo allí, bajo la manta de agua. Menos mal que su hermano mayor salió en su ayuda y le ayudó a recogerlo mientras yo esperaba allí, bajo el paraguas, desesperada porque no avanzábamos y mis nanos se empapaban. De odisea total.

Ni qué decir que yo allí en medio del aparcamiento paraguas en mano, con carrito de bebé y dos críos más, era el centro de atención de los coches que pasaban, que pensaría que debía estar bajo un estado de enajenación mental para atreverme a salir de casa con tanto crío, sola, con la que estaba cayendo. Solo me faltaba cantar bajo la lluvia con mis niños a coro.

Por fin entramos en el local, que estaba petado. Se ve que no fui la única que tuvo la genial idea de llevar allí a los niños a desfogar pensando que estaría tranquilo el lugar, como siempre. Todas las mesas ocupadas excepto una, sin recoger y con solo tres sillas, aceptamos pulpo. Me quiero morir directamente.

Dejo el carro, a los niños y envisto al mayor de la responsabilidad de primogénito diciéndole que se quede allí cuidando a sus hermanos mientras voy a pedir la comida. Suerte que la barra está cerca y a la vista, y que parece que no hay mucha cola.

Parece, porque si bien había poca gente esperando, aquel Burriking tiene de rápido lo que yo de millonaria. Rápido el puesto de hamburguesas de la Plaza de las Monjas que te pone la comida en la mano antes de pedir. Y desesperada, bufando ya, mirando adelante para que nadie se me cuele, mirando a la mesa para controlar que todo va bien, pasan los minutos y allí parece que en lugar de hamburguesas se sirven caracoles, por lo de la lentitud.

Cuando por fin consigo pedir y estoy esperando mi bandeja escucho a mi hija llorar, se ha caído por culpa de su hermano y se ha dado con el pico de la mesa en un moflete, viene llorando con motivo, todo el mundo la mira, la cojo en brazos, le doy un beso, la calma, me cuenta lo que le pasa, acusa a su hermanp… Que en ese momento lo veo venir hacia mi y me dice… «Mamá, el bebé está llorando». Yo solo pienso #mátamecamión.

Llevo más de 20 minutos de espera y le digo a la empleada que o me pone la comida o a ver qué hago con tres críos, que si eso es comida rápida que venga el señor y me lleve con él. Se disculpa y se ofrece a traerme la comida en la mesa, menos mal. Así que, con mi niña llorosa en brazos, me voy a consolar al peque, que comienza a ser monumento de interés a juzgar por la gente que se acerca al carro.

Nada más me acerco a él confirmo el motivo del llanto. Se ha cagao. No hace falta ni que compruebe el pañal, me fallan las neuronas pero el olfato lo tengo fino, fino, y huelo a distancia como un sabueso. Ea, sin comida aún, me tengo que levantar a cambiar al lechoncete. Por suerte en ese momento me traen la bandeja de la comida y al menos puedo dejar a los niños comiendo.

Me voy al baño con niño, pañales y toallitas en mano y al llegar veo que en aseo de mujeres no hay cambiador. Deduzco que debe estar en el de minusválidos, intento abrir la puerta pero está cerrada con llave. Y digo yo, ¡¿qué más me puede pasar?!. Así que igualmente cargada salgo a preguntar dónde está el puñetero cambiador de bebés y me dan la llave del aseo de minusválidos, donde consigo cambiar a mi Bollicao.

Así, casi 45 minutos después de salir de casa, y mientras le doy el pecho a mi pequeñín, consigo sentarme a comer mientras la vecina de la mesa de al lado me dice «ole tú, yo no tendría cojones ni de salir de casa».

Y esta, querid@s mí@, está siendo y será mi entretenida vida desde que soy tri-madre. Y no la cambio por nada.

4 thoughts on “Anécdotas de una tri-madre novata: con la lluvia hemos topado

  1. nekane78

    Ole tu!! Yo con una y como llueva no salimos de casa ni a la de tres, maximo a saltar charcos entre diluvio y diluvio.

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  2. Piruli

    Eso digo yo ¡ole tú! No me atrevería a hacer eso yo sola con tres ni de coña jajaja No por la lluvia, sino por la logística de deja a los niños solos, pide, cambia al peque, uffff
    Besitos

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  3. mamá dichosa

    Jajajaja! Que post mas gracioso! Y ole,ole olee tus narices!pero ¿que vas hacer? Te quedas en casa hasta que las ranas crien pelo?Habra que salir,digo yo! Aun me pregunto como será mi vida cuando llegue al mundo mi gordichi, pero me da igual, yo tan feliz. Que seria de la vida sin esos raticos…jajaja! Besoss

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  4. Diana Alonso

    Que aventura! Yo de esas tengo unas cuantas…

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