Portabebés ergonómicos y viajes, un tándem perfecto

Esta semana se celebra la SEMANA MUNDIAL DE LA CRIANZA EN BRAZOS. Si, ya se que en la última entrada hablaba de la Semana de la lactancia materna, pero ¿Será por celebrar?
Este año el lema es «Porteando tradiciones», que intenta resaltar que el porteo no es una moda pasajera, sino algo que viene de muy antiguo, perfectamente arraigado en las costumbres familiares de culturas ancestrales y a lo largo de los siglos de la historia de la humanidad. No es más que la manera que hombres y mujeres han tenido para compatibilizar sus tareas cotidianas con la crianza de sus hijos.
Pese a la evolución de la humanidad y la sociedad en la que vivimos, sigue siendo necesario compatibilizar nuestras tareas laborales y cotidianas con la crianza de nuestros hijos, y para muchos papás y mamás los portabebés son la mejor herramienta para ello. He aquí una servidora. Yo no concibo mi vida sin mis trapitos y mochilas, y no porque lleve todo el día a mis hijos colgados (hay días que sí, otros que no), sino porque siempre que los necesito ahí están, cuando quiero portear a mis hijos por placer ahí están, y a día de hoy hay muchas cosas que no habría podido hacer o disfrutar sin ellos.
Este fin de semana he estado en Madrid formándome como instructora de porteo y, ya que iba a la capital, he aprovechado para llevarme a la familia. Si, como rezaba el lema del año pasado, ya sabía que el porteo es un mundo lleno de posibilidades, este curso me ha abierto aún más los ojos (da gusto ver cómo se le puede sacar partido a un trozo de tela de tantas y tantas maneras) y la experiencia de viajar con niños pequeños a una gran ciudad, también.
No se qué hubiera sido de nosotros estos días sin los portabebés. No ya solo porque el hecho de hacer turismo supone, al menos para nosotros, caminatas, largos paseos y muchas horas en la calle en la que un niño pequeño no siempre aguanta a pie o en la sillita, sino porque no hemos topado con las barreras que una gran ciudad como Madrid no debería tener, o al menos yo no me esperaba. Realmente frustrantes son la multitud de escaleras que te encuentras en las estaciones de metro, quizás no tanto para acceder a la estación porque hay muchas que sí tienen ascensor desde la calle, pero sí para acceder a los diferentes andenes en los transbordos, ahí nos hemos comido escaleras a tutiplén, que de ir solo con el carrito nos las hubiésemos visto y deseado.
Desde luego, tras esta experiencia me quito el sombrero con los papás y mamás de Madrid que tienen que convivir a diario con tantas barreras, yo no sobreviviría ni concebiría residir allí, siendo mamá y teniendo que andar con mis hijos por la cuidad, sin un portabebés.
Bueno, a lo que iba. Desde que soy mamá y porteo a mis niños he descubierto que los portabebés son mi mejor aliado, las dos manos que me faltan para llegar a muchas cosas, y un complemento perfecto en los viajes. ¿Por qué? Pues porque no te pone límites, porque puedes llegar allá donde aguantes, porque te permite disfrutar a tope de todas las posibilidades y actividades que el viaje te ofrezca.
Como os decía, este fin de semana hemos estado en Madrid y gracias a los portabebés hemos podido adaptarnos a la ciudad y disfrutar de las actividades que nos propusimos. Llegamos el viernes a mediodía y, tras dejar el equipaje, comer algo corriendo, asearnos y cambiarnos de ropa, salimos a dar un paseo por la capital con un objetivo claro: visitar el Museo del Prado. A Iván le gusta mucho el arte y este año uno de los proyectos es sobre ello, así que no queríamos dejar pasar la oportunidad. Una mochila con pañales, toallitas, un par de mudas y las meriendas, y dos mochilas ergonómicas, la BOBA CARRIER para llevar al mayor y la TULA BABY CARRIER, mi último capricho (y bueno, una necesidad si se quiere o se necesita portear con un portabebés automático y rápido).
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Llegamos al Prado a las 5 de la tarde y nos enteramos de que  partir de las 6 de la tarde la visita a la colección era gratuita, así que nos fuimos a merendar mientras llegaba la hora (a la emblemática cafetería que tanto ha salido en los medios de comunicación últimamente, sí, esa en la que se metieron los manifestantes de 25S donde salió un camarero a impedir el paso a los policías, pura casualidad). A las 5:45 regresamos y había una cola kilométrica, pero bueno, ya que estábamos allí no nos íbamos a ir. Cuando llegamos al final de la cola una asistente del museo nos dijo que fuéramos directamente a la entrada, que al ir con niños no hacía falta hacer cola -¡yuhuuuuuuuuuu!, así que genial, entramos los primeros. Yo llevaba a Antía a la espalda y al llegar a la consigna me informaron que por motivos de seguridad -seguridad para las obras de arte, más bien- no se podían llevar mochilas a la espalda, ni siquiera portabebés, así que me la bajé, dejamos las mochilas en la consigna y nos dieron unas sillitas de paseo. Error. Con todo el jaleo de entrar no caí en la cuenta de que sí podía llevarla en la mochila delante, pero gente por un lado, niños por otro, me embarullé, y claro, lo que pasa después de un día entero de viaje y traqueteo: los niños estaban revolucionados, Antía no aguanta ni media en la sillita e Iván no paraba quieto, corriendo de un lado a otro. Con lo fácil que hubiera sido llevarlos en sus mochilas, al final tanto nos agobiamos que no pudimos ver ni la mitad de lo que nos hubiera gustado, algunas obras principales y, como no, la MONALISA del PRADO, que a Iván obviamente le encantó y lo retuvo quieto unos segundos, al igual que EL JARDÍN DE LAS DELICIAS, tríptico imrpesionante frente al que me pasaría las horas mirando detalle por detalle.

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Cuando salimos fuimos dando un paseo hasta la estación de metro, al llegar decidimos subir andando un poco de la calle Gran Vía, luego nos animamos al llegar hasta Callao, ya que estábamos allí por qué no acercarnos a SOL, y ya si eso vamos bajando por la calles aledañas pasando por la Plaza Mayor, hasta que acabamos sentados frente al Palacio Real a eso de las 11 de la noche. Caminata monumental. Yo llevaba a Antía en la mochila y ya estaba cansadísima -yo, ella genial porque se echó un sueño que para mi lo quisiera- así que nos arrastramos hasta la parada de metro de Ópera y volvimos a nuestro apartamento. Cuando llegué estaba cansada de las 3 horas caminando, me dolían las plantas de los pies -envidio a las que se pueden poner manoletinas porque a mi me mata un zapato tan plano-, los gemelos, me dolía tooooooooodo… menos la espalda. Sí, después de más de 3 horas con la niña en la mochila, obviamente me encontraba cansada pero cuando me quité la mochila mi espalda no había sufrido ni un ápice. Benditas mochilas ergonómicas.

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El sábado y domingo pasé casi todo el día en el curso, y a la salida aprovechamos, como no, para seguir paseando, había que aprovechar el tiempo a tope. Papá había ido el sábado por la mañana al Retiro con los niños, así que nos limitamos a bajar andando la calle Princesa hasta Plaza de España, volver a subir a Gran Vía, darnos otra vuelta por Callao y Sol y andar entre la marea de gente humana, increíble la cantidad de gente que se movía por la calle, como para llevar al niño de la mano y que se suelte, o para ir con la sillita, no me lo quería ni imaginar. Y el domingo, como era el partido de partidos, Papá se fue a verlo, Iván se quedó dormido y lo dejé con su tío -sí, nos llevamos un asistente para que nos echara una mano- en el apartamento, y yo me fui sola con la niña a dar un paseo y ver un par de tiendas. Como estaba cansada de más de dos días de trote decidí llevarme la sillita en lugar de la mochila ergonómica. Error. Antía no quiere la silla, se pone de pie e intenta salirse, así que todo el paseo fue intentar que no se bajara, buscando desesperadamente un kiosko que vendiera ASPITOS -misión imposible- hasta que la recosté, se relajó tranquilamente y se durmió. Yo iba decidida a aprovechar que estaba sola -o sea, sin marido- para irme de tiendas pero fue misión cuasi imposible, casi todas las tiendas de la calle Princesa, Gran Vía y Preciados tienen unas curiosas escaleras para acceder, y no estaba yo para andar sillita arriba – sillita abajo, así que me limité a mirar escaparates y entrar en un par de tiendas accesibles. Bendita mochila ergonómica si la hubiera llevado, aunque mi tarjeta de crédito hubiera temblado y volvería con los brazos doloridos de cargar bolsas.
El lunes fue el gran día, todo para nosotros, o más bien para los niños: ¡nos fuimos al ZOO! Un día estupendo para ir, ya que hacía una temperatura digna de verano y allí solo estábamos los animales, algún que otro visitante, los operarios del zoo y nosotros, da gusto pasear e ir a los espectáculos sin tener que hacer cola, sentándote donde te da la real gana, es algo que tendré muy en cuenta para futuros viajes, ir a los lugares de interés los días con posibilidad de menor afluencia de público, porque da gusto.
De nuevo nos llevamos la silla de paseo y las mochilas ergonómicas y todas cumplieron sus objetivos: las mochilas a portear a niños, y la sillita para llevar las bolsas de la comida, que son un engorro. Que por cierto, menos mal que soy prevenida y me dio por ir al supermercado a comprar pan, fiambre, fruta y aperitivos, si no nos hubiéramos comido tranquilamente los huevos de la granja o algún cabritillo de los que había por allí, porque los restaurantes y kioskos de comida estaban cerrados.

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Paseamos, vimos todos los espectáculos, cada uno de los hábitat, todos los animales, nos montamos en el tren, nos lo pasamos muy bien y los peques mejor, como no. Iván estaba encantado con los animales que se iba encontrando, le gustaron especialmente el koala -ains qué ternurita de bichito-, el oso panda -pa comérselo ahí sentado, mordisqueando su palo de bambú- y las jirafas que se acercaban a nosotros como si tal cosa, para deleite de Iván. Antía es más cagona, cuando se acercaba el león marino al borde de la piscina se apretujaba contra mi con cara de miedo, lo mismo que cuando veía saltar a los delfines o cuando se acercaba una cabra que para ella debía ser del tamaño de un toro para nosotros, pobrecilla, qué miedito que le daba. Aún así la peque también se lo pasó genial, de las 6 horas que estuvimos allí 2 se las pasó durmiendo en la mochila y 5 caminando.
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Ya tocaba volverse a casa aunque antes había una paradita obligada, pero eso ya será carne de otra entrada. En resumen, un viaje de trabajo en el que aprovechamos el tiempo libre al máximo, y gracias a los portabebés pudo ser así, pues no me imagino yo tantas horas fuera de casa con dos niños cansados, hubiéramos tenido que cargar con dos sillitas y si coger el metro con una silla ya es difícil, con dos no quiero ni pensarlo. Y yo que me creía que la gran ciudad estaba preparada y adaptada para todo…
Lo dicho, con un portabebés ergnómico a mano todo se hace más fácil, y gracias a ellos le sacamos todo el jugo posible a nuestras escapadas y viajes.

5 thoughts on “Portabebés ergonómicos y viajes, un tándem perfecto

  1. Dunia - Maternidad halal

    Qué bien que sacas este tema! No suelo comentar aunque siempre te leo y me surge una duda con los portabebés. Yo vivo en Marruecos, aquí la mayoría de las mujeres portean, pero lo hacen con cualquier pañuelo o una sábana.

    El caso es que a mí me da miedo atarme a mi bebé con un pañuelo, me da miedo a hacer mal el nudo y que se caiga o cualquier cosa por el estilo… Una amiga me va a regalar un portabebés, pero mientras llega, ¿Algún consejo para utilizar el pañuelo?.

    Besotes!!!

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  2. Suu

    Qué pena venir por aquí y no vernos!!!

    Me alegro muchísimo que lo hayáis pasado bien. Yo la silla, a lo sumo, la llevo cuando toca la hora de la siesta y estamos en un parque de atracciones o algo así, para poder subirme con mi Bichito, pero mis hijos no la quieren.

    Besitos y espero que la próxima vez AVISES!!!

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  3. Opiniones incorrectas

    Es que son súper útiles. Siempre que respeten la ergonomía del bebé, ¡son lo mejor!

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  4. Anónimo

    Que chuli la mochi! Q tal el curso?

    Kore

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  5. MamaEncantada

    Nosotros este puente tambien hemos estado de viaje y nos hemos llevado nuestra mochila. La silla no ha salido del maletero del coche y a la mochila le hemos dado un buen tute, tanto que mi peque hasta se echo una buena siesta en brazos de su papi, acurrucadito, calentito y a salvo de la lluvia que caía como para no dormirse.

    Me alegro que lo hayais pasado tan bien en Madrid, es una ciudad maravillosa pero, desde que soy mamá y voy con carrito me he dado cuenta de la cantidad de barreras arquitectonicas que tiene.

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