Media vida

Se dice pronto, pero a mis años, pese a que aún soy joven, media vida ya es mucho tiempo. Hoy es un día especial, un día significativo en el calendario de mi vida, ya que tal día como hoy hace 17 años dejaba atrás mi tierra natal, Galicia, para venirme nada menos que al otro extremo, Andalucía. 
No puedo decir que quería venirme, no puedo decir que fue fácil, no puedo decir que fui feliz desde el momento en el que llegué. Pero al paso de estos 17 años puedo decir que, fuera mejor o peor el comienzo, hoy no concibo mi vida en otro lugar. Aunque estoy en ese punto de que parece que soy de los dos lugares o de ninguno, porque aquí soy la gallega y allá soy la andaluza, y si bien en ambos sitios me siento como en casa, en ocasiones es como si fuera una extraña en ambas tierras.
No puedo quitarme esta morriña tan característica que los gallegos sentimos hacia a nosa terriña, pero qué voy a decir, si aquí he formado mi familia, afortunadamente desde que llegué la gente de Huelva me ha hecho sentir como en casa, me acogieron con un calor sin comparación, y gracias a toda la gente que se ha ido cruzando en mi camino sigo aquí.
Cuando me vine ese 17 de septiembre todo fue un cambio muy radical. Yo traía manga larga, chaquetón y botas porque ya hacía tiempo otoñal, mi maleta cargada con ropa de invierno, y llegué a una Huelva soleada y calurosa, extremadamente calurosa; cambié verdes y frondosos paisajes por llanuras amarillas sin apenas árboles; dejé a mis amistades de toda la vida para irme a un lugar donde no conocía nada ni a nadie. Pero afortunadamente yo soy muy echá p’alante y pese a todo me fui adaptando, como un camaleón, pese a mi vergüenza de llegar a un instituto donde era una total desconocida con un acento más que llamativo, en seguida hice amistades. 17 años después sigo manteniendo esas amistades, incluso podría decir de dos o tres personas en especial que son grandes amig@s, de esos que siempre tienes a tu lado.
Quizás si no hubiera sido porque arrastraba el lastre de un novio celoso y posesivo, en la distancia, las cosas hubiesen sido bien diferentes, ya que fui soberanamente tonta de sucumbir a sus chantajes y en lugar de salir los fines de semana con mis amigos, le guardaba fiel ausencia. Menos mal que mis amigas tuvieron paciencia, y supieron esperarme. 
Mi vida se reducía a ir al instituto por las mañanas y dedicarle el resto del tiempo a mi hermano, que por entonces tenía dos años. Lo hacía todo con y por él, si yo tenía que ir a algún sitio siempre venía conmigo, era yo quien lo llevaba a jugar al parque por las tardes, al cine, al circo, a la playa, al médico… Gracias a ese pequeñajo nunca me sentí sola, estoy segura de que mucha gente daba por hecho que era mi hijo en lugar de mi hermano porque mi dedicación hacia él era plena.
Hubo un año de impass en el que volví a mi tierra, justo al año de mi marcha; mi abuela tenía 58 años y daba los últimos coletazos de vida en su lucha contra el cáncer de pulmón, y ese novio celoso y posesivo me exigía regresar a su lado, como si yo fuera de su absoluta propiedad. Y volví, pero por acompañar a mi abuela en lo que fueron sus últimos 3 meses de vida; 3 meses en los que, pese a sus lagunas, olvidos, desvelos y dolores, aún podíamos mantener conversaciones en las que me contaba anécdotas de su vida a la vez que no recordaba haber comido ese día. Cuánto echo de menos a mi abuelita…
Ese fue un año duro, un año para olvidar, la muerte de mi abuela fue algo que hizo mucha mella en mi pese a no demostrarlo, sumado a una relación que me tenía totalmente atrapada, en la que me sentía la más ínfima de las personas. Un año malo personalmente pero excelente académicamente, ya que remonté un primer trimestre nefasto (suspendí casi todas las asignaturas por mi falta de asistencia a clase y a los exámenes motivados por acompañar a mi abuela en casa), pensando que no podría ni presentarme a selectividad y para sorpresa de mucha gente y sobre toda mía no solo me presenté en junio sino que aprobé, subí nota y me matriculé en la universidad. Una bofetada en la boca para ese petardo de novio que no quería una novia universitaria, las mujeres están mejor en casa trabajando (menos mal que todavía me quedaba algo de dignidad y, por qué no decirlo, un par de ovarios bien puestos). Tras un mes de vacaciones con mis padres en Huelva, donde esa persona que tenía por novio tuvo a bien dejarme por aburrimiento, saltó un click en mi cabeza y volví a ser yo; tanto, que pese a que tenía que volver porque estaba matriculada en la Universidad de Santiago de Compostela, volví, sí, pero a por mis cosas. Cambié una matrícula en Pedagogía (todavía me pregunto cómo se me ocurrió matricularme en esa carrera, supongo que en un estado de enajenación mental transitoria, más que nada porque nunca me ha llamado en absoluto la atención) por la de Derecho…
…Y ahí empezó mi nueva vida. Recuperar el contacto con mis amistades, hacer otras nuevas en la facultad, no perderme ni una (ni una cata, ni una fiesta, ni una juerga, no había sarao donde no estuviera presente) y recuperar, en general, la vida que debía llevar una chica de 19 años. Si hay alguna evidencia en mi vida, esa es que la mejor decisión que jamás he tomado fue la de dejar a aquel novio que lejos de aportarme, solo me hacía mal.
No se cómo hubiera sido mi vida de tomar otros derroteros, ni me lo planteo, porque no sería mi vida, o al menos como la conozco ahora mismo. Se me han quedado muchas cosas atrás, me arrepiento de algunas (por ejemplo no haber acabado la carrera), quisiera haber hecho otras (un Erasmus, viajar más, formarme) pero el caso es que soy quien soy gracias a las decisiones buenas o malas que he ido tomando a lo largo de estos años.
Porque si algo caracteriza esta media vida es que fue a partir de ese momento cuando siento que empecé a tomar mis propias decisiones al margen de mis padres, cuando fui tomando poco a poco, a menudo que me aflojaban la cuerda, las riendas de mi vida.
17 años ahora mismo para mí son media vida. Y de esa media vida en Huelva llevo 12 con mi marido, por lo que puedo decir que casi toda media vida la he pasado junto a él; de hecho, pese a que con mis padres tuvimos varias mudanzas, el sitio donde más tiempo he vivido es en mi casa, la de ahora, la que es nuestro hogar. Estoy segura que si cuando me marché de mi tierra me hubieran contado mi vida 17 años después no me lo hubiera creído.
No tengo una vida perfecta, pero me encanta la vida que llevo, pese a que no siempre ha sido un camino de rosas, más de una dificultad hemos tenido -que hemos ido salvando afortunadamente- y más de una vendrá- que esperamos seguir capeando-. De haber tomado otras decisiones mi vida no sería como la conozco ahora y sinceramente, con los dos tesoros de hijos que tengo, no quiero pensar en otra vida, porque la quiero tal cual la vivo, con mi marido, mis hijos, mis gatos, mi casa y mi familia cerca.
Media vida, que se dice pronto. A partir de hoy cada día que pase será más el tiempo que lleve aquí que allá, pero seguiré echando mucho de menos mi tierra aunque mi vida y mi casa siempre estarán aquí.

5 thoughts on “Media vida

  1. Sofia

    media vida parece mucho… y más si en esa media se encuentran tus hijos, pareja, negocio…

    pero esta media vida no es nada comparada con la q te queda todavía por disfrutar y ver crecer.

    besos

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  2. Annie74

    Una entrada preciosa, en la que te hemos conocido un poquito mas.
    Esta bien eso de tener dos tierras.
    Besos.

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  3. Opiniones incorrectas

    Yo aquí soy la dominicana y allí la española xDDD

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  4. Yaiza

    muy bonita la entrada Alejandra y me alegro que llegaras a la vida que tienes tan feliz y lo mantengas muuuuchos años.
    Yo para llegar a esa media vida me falta mucho, los 60 años nada menos y para esas a saber en que lugar estoy….pero es cuando les digo que a partir del 30 más uno me pueden llamar catalana….pesados!!
    besiños

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  5. Las camisetas de mami

    Qué bonito lo que has escrito. Se ve que es de corazón. Yo siempre he vivido en el mismo sitio pero hace poco que hice media vida compartiéndola con mi chico (hoy en día mi marido).

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