El día que dejé de exigirme ser la madre perfecta

madre perfecta

Quién no ha soñado con ser la madre perfecta, en esos momentos de maternidad idealizada. Cuando estás embarazada, acaricias la barriga de tu bebé y sabes perfectamente cómo quieres hacer las cosas. Bien no, mejor.

Porque, por si no lo sabes, ese es el momento en el que eres la mejor madre. Cuando todavía no tienes a tu bebé en brazos y en tu cabeza fluyen toda serie de propósitos, teorías y expectativas que, por lo bien que suenan, solo pueden significar el éxito.

Luego llega tu bebé, la realidad y qué te voy a contar. Sí, la idea de madre perfecta que tenías en la cabeza se cae poco a poco, o de golpe como un castillo de naipes. Porque aunque parezca que nos han engañado, nadie dice que esto de ser madre sea fácil.

¿Sabes? Ahora mismo, en este preciso momento, me acabo de dar cuenta de que hace 10 años, justo por estos días y sin saberlo, comenzaba el milagro de la vida en mi cuerpo. Es recordarlo y un escalofrío me recorre el cuerpo. Cuántos sentimientos, cuántas emociones.

La madre que quería ser

Si te digo la verdad, no recuerdo cómo era la madre que soñaba ser por entonces. No recuerdo así con exactitud mis propósitos y expectativas, pero lógicamente, sí recuerdo que quería ser la mejor madre.

No la mejor madre de todas las madres, nunca me ha ido la competitividad. Solo quería ser la mejor madre para mis hijos.

Y bueno, qué te voy a decir ahora, diez años y tres hijos después. La realidad de la maternidad es tan aplastante que te coloca en tu sitio, antes o después. Quieras o no quieras.

Se que no soy la madre perfecta que me propuse ser, que intenté ser. Pero oye, echo la vista atrás y pienso que no lo he hecho tan mal. Que probablemente podría haberlo hecho mejor, seguro. Pero que desde luego he intentado hacer lo mejor, aún habiéndome equivocado, no me cabe duda.

Ahora soy madre de familia numerosa y mi realidad es muy diferente a cuando solo tenía un hijo. De hecho, siento que todo era infinitamente sencillo cuando solo era madre de uno, y mi recuerdo de aquella época es maravillosa. Tuve un bebé fácil de criar, yo me dejé fluir y crié como creí que debía hacerlo, importándome poco y menos lo que pensaran los demás.

Con tres hijos, la cosa cambia. No es que sea más difícil, es que son tres hijos con sus respectivas necesidades y atenciones. Y eso, se nota. Se nota sobre todo en que no puedes volcarte con cada uno de ellos como lo hacía cuando solo era mamá de uno. Lo que inevitablemente hace que surja en mi un sentimiento de malamadre añadido a una culpabilidad inherente a la autexigencia.

Porque sí, el problema de base es que, como mujer y madre, te auto-exiges más de lo que debes. Cuando no llegas a esos mínimos que te exiges, te frustras y te culpas. Y entras en un bucle que es una auténtica mierda.

Reconozco que en general lo llevé bien incluso siendo bimadre. Quiero decir, he tenido dos bebés relativamente fáciles de criar y mi carácter positivo y de pensar que todo tiene solución han ayudado mucho. Mi caos absoluto llegó con la tercera maternidad.

Hasta entonces me permitía exigirme ciertas cosas, poniendo siempre por delante a mis hijos. Darles lo mejor. Ser la mejor versión de mi misma. Esforzarme, sacrificarme y hacerlo todo por ellos. Disfrutando, de la maternidad, de mis hijos, pero también de mi vida en general.

Por supuesto, teniendo claro lo que quería y lo que no quería, en esa construcción perfecta de mi idea de madre. Esos “yo nunca” que recitaba en mi cabeza como un mantra.

Claro que cuando era madre de dos, podía.

Con la trimaternidad y, sobre todo, verme sola con la crianza en general, full time, quise mantener el mismo nivel. Es decir, mantener la exigencia de llegar a todo de la mejor manera posible. Hasta que pegué la hostia padre y me di cuenta de que todo esfuerzo es inútil si yo no estoy bien.

Si yo no estoy bien. Cuánto cuesta llegar a ese punto de inflexión en el que te das cuenta de que para ser buena madre, tan importante es lo que le das a tus hijos, como lo que te das a ti misma. Porque el desgaste físico y mental solo son piedras en el camino que lo complican aún más.

Yo quise hacerlo. Quise llegar a todo con ellos. Me exigí llegar a todo, porque tenía que poder. Y la realidad es que no podía. Podía, sí, pero a costa de no ser, al fin y al cabo, la madre que quería. Porque si bien nunca he querido ser una madre perfecta, sí tenía claro lo que no quería ser: una madre enfadada, gritona, sin paciencia. Y la exigencia me llevó precisamente a todo eso.

No pasa nada si no soy una madre perfecta

Querer llegar a todo. Que todos los días fueran el mejor día. Organizar los mejores planes. Darles a oportunidad de realizar las actividades que les gustan. Darles los mejores momentos. Encargarme personalmente de todo. Cumplir siempre con todo. Y no fallar en nada, no en lo que dependiera directamente de mi.

Ya te digo que no se puedo. O sí habrá quien pueda, pero yo no.

Y por eso la mejor decisión que tomé fue no ser la madre perfecta. Porque una madre agotada y enfadada, se aleja mucho de la perfección.

No quiere decir que ahora no esté cansada, porque criar a tres hijos es agotador per se. Pero voy menos agotada, ya no solo física, sino mentalmente. Yo lo agradezco, y mis hijos también.

Porque me he dado cuenta de que realmente ellos no me exigen tanto. Y que no pasa nada si no doy siempre lo mejor, porque a lo mejor lo que yo creo que es lo mejor, en realidad no lo es tanto.

No pasa nada si en lugar de una fiesta de cumpleaños maravillosa, tienen una fiesta de cumpleaños normal.

No pasa nada si en lugar de ir a un montón de extraescolares mega guays, van solo a una.

No pasa nada si en lugar de exprimir los días a tope, nos quedamos sentados en el sofá rascándonos la barriga.

No pasa nada si en lugar de estar siempre y en todo momento, a veces están con la abuela, o con alguien de confianza, mientras yo hago otras cosas, o no hago nada y simplemente descanso.

No pasa nada si nos tenemos que quedar en casa y perdernos la mejor fiesta del mundo porque alguno estamos enfermos.

No pasa nada por poner una tele en su cuarto, y que eso me ayude a que se acuesten antes y tener mi ratito de descanso y tranquilidad.

No pasa nada por dejarles jugar al ordenador, a la tablet o a la consola, si mientras puedo recoger y adelantar trabajo, o echarme una siesta.

No pasa nada si no he ido a la frutería y les doy un bocadillo de Nocilla.

No pasa nada si en lugar de bañarlos todos los días, se bañan cada dos días.

No pasa nada si nos quedamos sin coche y no podemos hacer planes guays.

No pasa nada si estoy cansada y no tengo ganas de recoger el salón, poner una lavadora, o cocinar.

No pasa nada si una tarde llueve y faltamos a las extraescolares.

No pasa nada si no les compro todo lo que creo que necesitan, y que en realidad tampoco necesita.

No pasa nada si un día soy egoísta y decido comprar algo para mi en lugar de para ellos.

No pasa nada si necesito estar un día sola, porque eso me permite liberar la tensión y recargar las pilas.

¿Y sabes qué pasa? Que decido ser un poco más mala madre, llego a sentirme un poquito mal por ello, porque soy consciente de que podría hacer las cosas mejor. Y llegan mis hijos y me dicen que soy la mejor madre del mundo.

Porque realmente ellos no quieren a una mamá perfecta. O porque a sus ojos, soy perfecta tal y como soy, son mis defectos y mis imperfecciones.

No puedo decir que mis días y mis hijos sean perfectos y maravillosos. Pero hoy por hoy me siento muy satisfecha con lo logrado. Y creo que mis mejores “éxitos” los he logrado cuando precisamente cuando no he sido la mejor madre. Aunque suene contradictorio.

Si pienso en mi hace un año recuerdo estrés, nervios, cansancio, prisas, no llegar a todo, y una frustración inmensa por todo ello. Hoy por hoy no tengo más expectativas que que mis hijos tengan sus necesidades cubiertas de la mejor manera posible, y todo lo demás, lo que no es vital, lo haremos en la medida que se pueda.

Y si no se puede, nos adaptamos. Y si no nos adaptamos, nos conformamos. Pero no sufrimos por querer hacer más de lo que podemos.

Para mis hijos soy la madre perfecta

De verdad siento que mis hijos agradecen que me exija menos. Porque estoy más relajada, más descansada, grito y me enfado menos. A lo mejor hacemos muchas menos cosas, pero las pocas que hacemos merecen la pena, y el resto del tiempo, que sea lo que tengo que ser. Si hasta a veces son ellos quienes me sugieren quedarse en casa de la abuela para que yo descanse. Porque por mil planes maravillosos que organice, una tarde en casa de la abuela es un plan infalible.

Lo curioso, además, es que sabiendo todos mis defectos y todas mis faltas, a ojos de otras, soy una súper madre. No te creas que me gusta que me lo digan, de hecho, no es que me disguste, pero no me halaga. Se positivamente que no lo soy, y además, creo que si yo puedo, cualquiera podría.

Pero a pesar de decidir exigirme menos, y esforzarme menos, esas mismas personas amigas o conocidas, otras madres, me siguen considerando una súper madre, y me lo dicen.

Y yo por momentos me siento un fraude porque pienso que solo es apariencia, que en realidad, lejos de ser la buena madre que aparento soy bastante mala madre. Luego pienso que a lo mejor me estimo menos de lo que debiera. Y la realidad, es que creo que, con todos mis defectos, tampoco lo hago mal del todo.

Así que lo siento, pero la mejor decisión que he tomado es la de dejar de exigirme tanto. Prefiero llegar solo hasta donde puedo, pero llegar bien, que querer hacerlo todo bien y destrozarme en el intento. Y de verdad de la buena que desde que no me exijo, desde que dejo fluir las cosas, lo que pueda ser, bien, y lo que no, no pasa nada, somos todos más felices.

Y es que yo creo que para ser buena madre, a ratos también hay que ser mala madre.

More about Aventura Embarazo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *