Treinta y nueva años y ni tan mal

Buscaba un título filosófico, transcendental y profundo para relatar que entrar en el año que será el último de mi treintena. Pero qué coño, si me pongo a pensar los años que cumplo lo primero que se me viene a la cabeza es eso.

Treinta y nueve años, y ni tan mal.

Que no es un gran titular, pero oye, es la pura verdad, o al menos así me siento. Que cumplo unos 39 años muy bien llevados de cabeza, cuerpo y espíritu.

La verdad es que me da un poco de vértigo cumplir 39 años. Joder, que me sigo considerando una “chavalita”. No de botellón, juerga y follamigos – esto último no lo había cuando yo era “chavalita” -, ni de living la vida loca ni planear mi vida de cara al futuro. Que eso por esa etapa ya pasé, y para atrás, ni para coger carrerilla.

Pero tengo una mentalidad y un espíritu jovenzuelo, de todavía apuntarme a un bombardeo, disfrutar de la vida, improvisar si se tercia y hacer muchos planes de futuro. Y además la genética es agradecida y parece que no aparento la edad que tengo. Que no es bueno ni es malo, pero no voy a negar que mola que te digan que pareces más joven de lo que eres.

Tengo clarísimo que no soy ni la más guapa, ni la más estilosa ni la más salerosa. Chuminás que a lo mejor me preocupaban allá por los 20 años, cuando una se ponía el listón más alto de lo debido. Ahora como que me da todo igual.

Y me da igual porque en este momento de mi vida no solo siento que me he aceptado a mi misma en todos los aspectos, sin exigencias inalcanzables, sino que me siento plenamente satisfecha con lo que soy. En sentido general.

Esto no quiere decir que no haya aspectos que no pueda o deba mejorar, ¡claro que los hay!. Pero me refiero más a esas expectativas que una se va creando, exigiendo y que pueden acabar en una tremenda frustración no lograr.

Me siento más a gusto que nunca en este imperfecto cuerpo de mujer, pero perfecto cuerpo de madre. Porque ha dado vida a los tres seres más maravillosos de mi mundo. He aceptado mis imperfecciones y me gusta la imagen que me devuelve el espejo.

Me siento feliz de cerrar mi ciclo fértil viendo a mis tres hijos. Ya no quiero tener más hijos, mis tres soles han completado ese ciclo, me siento plena y satisfecha.

Me siento feliz de ser la madre que soy. Nunca ha sido capaz de visualizarme como madre antes de serlo, y sinceramente, me encanta cómo se ha materializado. Lejos de ser la madre perfecta, y siendo consciente de todo lo que podría mejorar, creo que no lo he hecho tan mal.

Me siento orgullosa de mi misma. Durante mucho tiempo he creído que no había llegado lejos en la vida. No he tenido una carrera profesional ambiciosa y prometedora, y puede que haya dejado muchas ilusiones y expectativas en el camino. Podría haber llevado a cabo proyectos que han planeado en mi cabeza y no se materializaron por falta de motivación y constancia. Otros proyectos no han salido como esperaba, o han fracasado. Pero no he perdido el tiempo ni he desaprovechado mis capacidades. Jamás me he rendido cuando de verdad he querido llevar algo a cabo. Y lo más importante, sigo queriendo hacer muchas cosas y me creo en la capacidad de ello. Así que me niego a pensar que no he llegado a nada.

Probablemente he llegado a donde quería, casi sin quererlo. A formar una familia y dedicarme a ella. A darme el pequeño lujo de ganarme la vida, aunque solo sea un poquito, haciendo algo que me encanta, sin presiones.

Las circunstancias te abogan a tomar decisiones que, si no se dieran así, probablemente no te atreverías a tomar. Nunca me había imaginado no trabajar y ser solo madre. No me ha quedado más remedio que renunciar a trabajar fuera de casa por mis hijos, que bastante tienen con un padre casi en la distancia.

Y lejos de sentirlo como una carga, doy gracias por que haya sido así. Porque de haber podido elegir, mi responsabilidad me hubiera llevado a trabajar aún renunciando a mis hijos. Las circunstancias me han hecho renunciar a trabajar, y a cambio me he llevado disfrutar a tiempo completo de mis hijos. Y sin duda, es algo de lo que no me arrepentiré en la vida.

Además, me ha dado la oportunidad de invertir el poco tiempo que tengo en este espacio que solo me ha dado cosas buenas y bonitas. Y personas buenas y bonitas. La posibilidad de hacer algo que me encanta, escribir. Tener una especie de trabajo, sin jefe, sin presión, si altas expectativas. Porque este blog es un espacio personal que disfruto infinitamente pero al que le pongo esfuerzo, trabajo y pasión como si fuera el trabajo más exigente de mi vida. Si tuviera tiempo, además, ¡sería la leche!.

Total, que para que me voy a enredar. Benditos 39 años tan bien llevados, en ellos me quedaba. Me da vértigo llegar a los 40 por el punto de inflexión que se supone que se produce en ese momento. Pero ¿sabes? lo malo de los años, es no cumplirlos. Así que yo quiero cumplirlos uno a uno y, a pesar de los golpes de la vida, los malos momentos y todas esas cosas que no quedan más ovarios que capear, disfrutarlos a tope y compartirlos con la preciosa familia que he formado.

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One thought on “Treinta y nueva años y ni tan mal

  1. Carmen

    Felicidades! Me encanta cómo escribes!

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