Por qué las mujeres no denunciamos el acoso sexual

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Está a la orden del día el acoso sexual a mujeres, por la reciente polémica del afamado productor de Hollywood Harvey Weinstein. Parece que después no de años, sino de décadas, abusando de su poder, acosando, abusando y violando a mujeres, lo que era un secreto a voces sale por fin a la luz. Y con él, una infinita lista de actrices víctimas de su perversión.

Claro, tú lees todo lo que se ha publicado al respecto y piensas, o al menos yo pienso, ¡¿cómo, si era algo de dominio público en el mundillo de Hollywood, nadie hizo nada al respecto?!, ¡¿por qué los actores hombres que sabían lo que sucedía, miraban para otro lado?!.

Porque por supuesto, lo primero es culpabilizar a las víctimas: sabían a lo que iban… no denunciaron por ascender en su carrera cinematográfica… si no dijeron nada, por algo sería… No sería para tanto…

Esto nos da una bofetada de lo que es la realidad del acoso sexual a mujeres. La víctima no denuncia por vergüenza, por miedo, por impotencia. Y si hay testigos o alguien que tenga conocimiento de los hechos, calla probablemente por los mismos motivos, o simplemente por no meterse en problemas. Porque no va consigo. O no es para tanto.

Principalmente, por un motivo. PORQUE EL ACOSO SEXUAL A MUJERES SE HA NORMALIZADO.

Entendiendo como NORMAL no que sea algo aceptable, por supuesto. Sino que ha estado ahí siempre, y no pasa nada. O pasa, pero como si no pasara. Y si pasa, es porque la mujer algo habrá hecho. Y no pasa nada. O se lo merece.

Pero bueno, no vengo aquí a hablar del asqueroso este de Weinstein, que me revuelve las tripas. Vengo a hablar de una campaña que se promovió a raíz de este escándalo bajo la etiqueta #metoo o #yo también.

La idea de la campaña, que consiste en poner ambas etiquetas en alguna publicación en tus redes sociales, es visibilizar la realidad del acoso sexual sobre las mujeres, cómo probablemente casi todas las mujeres, o la gran mayoría, han sido acosadas o abusadas sexualmente alguna vez en su vida. Y entender la magnitud que alcanza el acoso sexual sobre la mujer.

Evidentemente, esto lleva a una conclusión lógica. ¿Por qué si es tan habitual, por qué si lleva sucediendo desde siempre, por qué si le ha sucedido a casi todas las mujeres incluso desde la infancia, no se le ha dado la importancia que tiene?.

Pues porque vivimos en una sociedad machistas. Porque los hombres PUEDEN acosar sexualmente a las mujeres. Pueden afirmar, incluso, que nos gusta, que lo buscamos. Y no pasa nada.

Por qué las mujeres no denunciamos el acoso sexual

Como ves, no realizo una pregunta sino una afirmación. Con lo cual más que respuestas, daré razonamientos. Porque no es una pregunta abierta. Es una afirmación categórica.

La realidad es que, salvo que se trate de un acoso grave y sistemático, un abuso violente, o una violación, el grado máximo violente de acceso sexual al cuerpo de la mujer, la mujeres no denunciamos, probablemente ni siquiera pongamos en conocimiento de alguien de confianza, el hecho de sufrir acoso o ser víctima de abusos sexuales.

Ni siquiera, con la concienciación que hay sobre la violencia de género, hemos logrado que el maltrato sea una reminiscencia de un negro pasado para la mujer.

Como mucho podemos relegarlo a mera anécdota que si, por ejemplo, contamos a alguna amiga, se quede en un “¿sí tía? qué fuerte, qué asco de tío”. Y asumes que has hecho lo más que podías hacer, porque no ha sido para tanto, por lo tanto, no merece ser “denunciado”.

Pero lo cierto es que hay muchos motivos por los que una mujer, como tú o como yo, no denunciamos en su momento que hemos sufrido acoso sexual o algún tipo de abuso sexual:

♥ Por vergüenza. Es lo primero que se te pasa por la cabeza. Alguien se ha creído con algún tipo de derecho sobre ti, o ha hecho uso de tu cuerpo sin tú consentirlo. Y ya te mueres de vergüenza por lo que ha pasado, como para contarlo. ¿Qué dirán de mi si se enteran?. Vergüenza absoluta.

♥ No me van a creer. Además de la vergüenza que arrastras por lo que has sufrido, solo falta que se lo cuentes a alguien que entiendes de confianza, para que no te crea. Doble vergüenza e impotencia.

♥ Pensarán que exagero. Te planteas contárselo a alguien de confianza pero de repente temas que piensen que exageras. Que no ha sido como lo cuentas. Que quizás lo has malinterpretado. Y le restarán importancia. Porque, total…

♥ No ha sido para tanto. Hasta tú misma te convences de que no ha sido para tanto. O hasta te auto-convences, en un intento de sobre-protección, de que es normal y NO HA PASADO NADA. Por eso de que vivir en la ignorancia te proporciona una falsa sensación de felicidad, aunque por dentro te quieras morir.

♥ La culpa es mía, algo habré hecho. Porque de toda la vida de DIos, y digo bien porque la Biblia se ha empeñado en dejarlo lo suficiemente claro, las mujeres vamos provocando. Algo habrás hecho, mujer. Ese escote, esa falda, ese vaquero ajustado. Tu actitud, tu manera de caminar, o de sentarte. Tu manera de hablar, o de no hablar.

Aunque vayas con un saco desde las orejas hasta las plantas de los pies: provocas, por el simple hecho de ser mujer. ¿No lo sabías?.

♥ La culpa es mía, por no defenderme. Las mujeres somos expertas en achacarnos culpas que no nos corresponden. En este caso, ya no es que “vayamos provocando”, es que, además, no nos defendemos.

Típico cuando te atreves a compartir una experiencia desagradable escuchar como primera respuesta “¿pero mujer, no hiciste nada para defenderte?”. “Claro, estoy yo ahí, paralizada por el miedo porque  este hijo de la gran puta me tiene acorralada, no hay nadie cerca, no se si se va a conformar con toquetearme, que me voy a defender o al menos intentarlo para, mínimo, arriesgarme a que me de de hostias, o acabar muerta en un descampado”.

Pero sí, te sientes culpable por no haberte defendido. Porque no crees que pudieras haberte defendido, pero crees que tu obligación era haberte defendido.

♥ Me van a reñir. Sobre todo si eres una niña o menor de edad. Crees que has hecho algo malo. Y si lo cuentas, no solo no te protegerán sino que te reñirán, o te castigarán. Por lo que sea: inventarte algo que no crees ni tú, exagerar, por andar por ahí sola, por no venir directa a casa, por hacer lo que no debías.

♥ Van a sufrir por mi culpa. Y aquí entran una serie de variables. Si se lo cuento a mi madre, va a sufrir. Si se lo cuento a mi padre, o a mi hermano, o a mi novio, o a mi marido, a lo mejor busca al impresentable y le da una paliza que lo deja tieso y acaba en la cárcel por mi culpa, y no podré vivir sabiendo que alguien a quien quiero vive sufriendo esas consecuencias.

Si además el susodicho es conocido, del entorno, y hacer público el hecho compromete su vida y reputación, lidia tú con la culpabilidad por ser la responsable de mandar su vida a la mierda – que no has sido tú, ha sido él, pero para el resto, habrás sido tú – y el miedo a que te señalen porque, mujer, hay que ver cómo le has hundido la vida por una tontería de nada.

♥ Miedo a las consecuencias. Temes que la persona que ha ejercido acoso o abuso sexual sobre ti se encabrone por que hagas público el hecho, y pueda volver a hacerte daño, o al tu gente querida, o que tome represalias en venganza.

♥ Porque ES NORMAL. Y este es el quid de la cuestión. Asumes que, aunque desagradable, vergonzoso, asqueroso, repugnante y todos los calificativos que puedas aplicar, en realidad lo que te ha pasado es normal. Y no pasa nada.

¿Te has dado cuenta cuántas veces he dicho ya NO PASA NADA?. Es la realidad de toda esta mierda y el motivo por el que seguimos callando y avergonzándonos. Porque si hablamos, damos pie a que los demás nos juzguen. Ante la duda, ahí está el caso de la presunta – debo usar este término porque aún no hay sentencia condenatoria- violación de los Sanfermines y el escarnio público de la víctima.

Probablemente podría desarrollar a fondo cada una de estas afirmaciones. Pero creo que no hace falta. Estoy segura de que todas, o al menos la mayoría, las entendemos sin necesidad de más explicaciones.

No he tenido que profundizar mucho para encontrar estos motivos para no denunciar el acoso sexual, o el abuso sexual. Me ha bastado con, simplemente, ponerme en la situación de mujer acosada sexualmente y pensar qué haría.

No qué haría ahora, que con casi 40 años y muchos tiros pegados, no es lo mismo que con 20 años, recién empezando a vivir. Ahora tengo claro que tengo un poco más de valentía y herramientas para gestionar un tema así. Pero pienso en mi yo niña, en mi yo adolescente, en cómo me he sentido en muchas ocasiones. Y así lo he sentido.

De hecho, a estas afirmaciones hay que añadir una que es definitoria por sí misma. PORQUE SOY/ERA UNA NIÑA. Porque muchos de los episodio de acoso o abuso sexual se producen durante la infancia.

A esa edad, no se tiene el conocimiento de lo que implican semejantes hechos. Porque no sabes qué está pasando exactamente pero sabes que no te gusta, e intuyes que no está bien. Sufres infinitamente y en silencio. Temes contarlo porque realmente no sabes qué ha pesado y temes que sea culpa tuya. Tienes vergüenza y además miedo a las represalias sobre ti. Temes a vergüenza privada, y la pública. Y el ser una niña implica que no tengas herramientas ya no para defenderte, sino ni siquiera para contarlo a quien te pueda proteger.

Por qué yo no fui capaz de contarlo

Y aquí es cuando viene la parte personal del tema. Porque sí, yo también. Aunque nunca haya sido capaz de hablar del tema. De hecho, creo que solo lo he comentado una vez, y no fue hace mucho, en una conversación sobre el tema en el típico hilo sobre el tema en Facebook donde participan mayormente mujeres denunciando hechos similares. Pero, por ejemplo, no he sido capaz de contárselo jamás a mi madre.

De hecho, tengo la mala costumbre de que cuando me ha pasado algo que me hace sufrir, de verdad, no soy capaz de contárselo a nadie. Por algunos, por muchos, o por todos los motivos expresados anteriormente. Principalmente por la culpa y por la vergüenza. Con la edad voy ganando algo de confianza y empoderamiento para hacerlo. Pero me cuesta mucho trabajo compartir experiencias dolorosas.

Realmente, si hago review hasta mi infancia, lo triste es que no recuerdo hechos concretos. Es decir, sí recuerdo esa asquerosa situación de que un familiar, amigo, conocido, alguien del entorno cercano o aproximado, se tomara la libertad de “tocarme”. Pero parece que mi cerebro ha decidido eliminar los datos concretos, dejando solo una ligera reminiscencia. Cosa que agradezco. Pero no se me ha olvidado la sensación de saber que alguien está haciendo algo contigo que no es bueno, ni bonito, ni agradable. Y siento asco solo de pensarlo.

Aunque sí recuerdo a alguien de un entorno de familia no cercana que, con la excusa de una incapacitación física, me tocaba, como quien no quería tocarme. Y yo, que rondaba los 12 años el momento de desarrollo físico, me quedaba bloqueada, sin ser capaz de reaccionar, rogando en mis pensamientos que me quitara las manos de encima lo antes posible.

Hay cosas que, sin embargo, jamás se olvidan. Y esta es la que se me ha quedado grabada a fuego, y que durante muchos años he pensado que no era tan grave. Que a lo mejor no lo fue. Pero ahora que tengo ya una edad, soy madre, y tengo una hija, si me entero que un tío le hace algo así a mi hija, le arranco la cabeza.

Yo me crié en un pueblo y recuerdo desde muy niña ir y venir a casa, a los sitios, sola. En total confianza. Así que bueno, en general no había problema ni peligro, salvo las situaciones típicas y tópicas de hombres que te tocan un brazo, te paran, te hablan, te dicen un “piropo” de los suyos, te invitan a subir al coche.

Tendría yo unos 10 años y era verano. Acudía a la escuela de música del pueblo, y como yo era así de fatiguitas, me gustaba ir a clases particulares y todas esas cosas porque siempre quería saber más – de ahí que luego haya sido tan capaz de comprender a mi hijo mayor y sus altas capacidades -, por las tardes iba a clases de solfeo, en teoría para quienes iban más flojos, yo lo hacía por gusto.

En invierno era mi madre la que me llevaba y me recogía, pero en verano iba yo sola. A la vuelta, mi madre me esperaba en un parque, al que se llegaba atravesando una explanada donde a un lado aparcaban camiones, y al otro lado había un reciento ferial desmantelado. Sí, era un trayecto bastante solitario, donde pasaban bastantes vehículos pero pocas personas.

Yo venía tan tranquila, probablemente pensando en alguna de las chorradas en las que pensaban las niñas de 10 años hace casi 30 años, cuando sentí que alguien me había tocado el hombro. Al girarme, detrás de mi había un chico de unos 16 o 18 años, con la típica apariencia de skater. No le dije nada.

Seguí andando, y volvió a tocarme el hombro. Me giré de nuevo, y me preguntó la hora. Mientras yo miraba el reloj para decirle la hora, me di cuenta de que él llevaba reloj en una de sus muñecas. Y me puse nerviosa porque supe al momento que no quería saber la hora, no sabía lo que quería, pero intuía que nada bueno. Fue cuando me di cuenta de que en su otra mano tenía algo, algo que movía con su mano mientras me miraba.

No sabía que era aquello porque nunca lo había visto. Pero al momento supe que tenía su miembro en la mano y que lo que estaba haciendo no estaba bien. Y que era peligroso, para mi. Me quedé paralizada.

No sabía nada de sexo, mucho menos de la sexualidad masculina. No sabía que se estaba masturbando. Pero sí sabía que había hombres que hacían cosas malas a las niñas. Y me di cuenta de que eso podía serlo. No fui capaz de hacer nada, no me atreví a gritar por si me hacía daño, ni a salir corriendo porque sabía que me cogería. Solo sabía que estaba muerta de miedo, miedo a que me hiciera algo, miedo a hacer yo algo y a provocar una reacción violenta por su parte.

En ese momento, afortunadamente, justo por detrás del chico, caminando en el sentido hacia el que yo iba, se acercaba una pareja. Como el chico estaba de espaldas no los vio, pero en ese momento los pocos recursos que puede tener una niña de 10 años me llevaron a sumarme al paso de la pareja y caminar a su lado.

El chico se quedó parado, obviamente. La pareja no se dio cuenta de nada, más allá de que una niña de 10 años se les había puesto al lado. No recuerdo si me hablaron. Solo recuerdo que yo de vez en cuando giraba hacia atrás para ver si me seguía, y lo veía parado, moviendo su mano.

Al llegar al paso de peatones que cruzaba hacia el parque me separé de la pareja y comencé a correr, hasta que por fin vi a mi madre. En ese momento me sentí por fin a salvo. Llegué sin aliento, sofocada, acalorada, exhausta. Mi madre me preguntó que por qué venía corriendo con el calor que hacía. Vi pasar por detrás nuestra al chico, mirando de reojo. Y no recuerdo nada más, es decir, no se si me senté, si me fui a jugar, nada.

Lo que sí recuerdo es que no fui capaz de contar a mi madre lo que había pasado. Tenía miedo. ¿De qué?. Pues ahora mismo no sabría qué decirte. No se tenía más miedo de lo que había pasado, de la reacción de mi madre, o de las futuras consecuencias. Y tenía vergüenza, muchísima vergüenza. Con 10 años y mis vestidos de nido de abeja y cuello bebé, pensaba que yo había hecho algo para que ese chico reaccionara así.

Por supuesto, conocía al chico. No personalmente, pero sí de vernos por el pueblo. Me volví a cruzar con él en muchas ocasiones. Incluso fue novio de una chica de mi instituto. Y yo no podía más que sentir miedo, asco, culpa y verguënza al verlo.

Si me preguntas, te diré que no se por qué no he sido capaz de contárselo a nadie en todos estos años. En realidad, pensaría que para qué iba a contarlo. ¿Qué ganaba, cuando ya no se podía hacer nada, con contárselo a mi madre? Le iba a provocar un sufrimiento innecesario. Con el tiempo le quité importancia, como si no la tuviera. De hecho, incluso tras escribirlo, pienso que tal vez no tenga la importancia que le estoy dando.

En su momento, pasados los días, no lo quise contar entre otras cosas porque se que mi familia conocía a la suya. Si lo contaba, probablemente se haría público, se enteraría medio pueblo y yo me moriría de la vergüenza. ¿Qué dirían de mi?. Ahora pienso que cómo me podía preocupar el qué dirán con solo 10 años.

Sin embargo, con el tiempo, sí he sabido que mi madre también fue abusada sexualmente en su infancia. Me lo contó ella misma. Claro, que ha tenido que pasar de los 50 años e importarle ya todo poco para llegar a ello, y aún así, yo no he sido capaz de contarle nada.

He de decir que esto no lo cuento desde el trauma. Es decir, en su momento, a mi 10 años, me afectó, como es lógico. Y nunca lo he olvidado. Pero no me supone ningún trauma, de hecho, no lo cuento con dolor ni afectación. Pasó hace mucho, y lo superé hace mucho. No ha afectado a mis relaciones de pareja ni a mi relación con el género masculino en general, o al menos así lo siento. Eso sí, no lo olvido, y ahora solo me afecta en la medida en que le pueda suceder a alguno de mis hijos.

Quizás sí me siento desahogada de liberar algo que llevaba dentro y que en su momento me hizo sentirme culpable, cuando no lo era. El único culpable fue ese hijo de puta, no yo.

El acoso sexual son muchas cosas que hemos normalizado

Por desgracia, son más de una y mas de dos las experiencias en las que un tío se ha creído con derecho a acceder a mi cuerpo.

El típico amigo que se pone cariñoso de más.

El típico baboso que conoces una noche de marcha e intenta “entrarte” pese a tu negativa.

El típico profesor que te mira las tetas mientras explica derivadas y se insinúa y te dice guarradas en una tutoría.

El típico cualquier tío que vas por la calle y te echa la mano al culo o a una teta y, cuando te das cuenta y te giras para mirar quien es, o para llamarle hijo de puta asequeroso, te encuentras una sonrisa de “te he tocado porque puedo hacerlo”.

El típico rollo o noviete que se cree que por serlo, tiene derecho a pasarse.

El típico tío que vas caminando por la calle y se cree en la libertad y derecho de seguir tus pasos.

El típico tío que va en su coche y te intimida.

El típico imbécil que se cree con derecho a gritar en plena calle lo que te haría.

El típico degenerado que además tiene tu teléfono y se cree con derecho a llamar insistentemente, a enviarte mensajes asquerosos.

Toda mi vida he temido andar por la calle a ciertas horas, de noche, por lugares poco transitados, porque se ha convertido en normal y habitual el tener la desgracia de cruzarte con un hijo de puta degenerado.  Para que luego digan “la culpa es de ella, solo se le ocurre ir sola y por esa calle a esas horas”. No conozco a tío alguno que haya tenido el mismo miedo.

No poder decir nada porque sabes que la respuesta será “mujer, no te lo tomes así, no habrá sido para tanto. Lo habrás malinterpretado. Él no quería”. No querer pasar por que te pongan en duda, que es lo más probable.

Por supuesto, te condena a una desconfianza eterna al género masculino. A darte cuenta de que no puedes bajar a guardia si te encuentras a solas con un hombre, sea en el ámbito que sea. Porque lo triste es que no sabes cuándo te vas a encontrar a un degenerado. Para prueba, no hay más que ver el médico que se masturbaba delante de una paciente durante una consulta.

¿De verdad, nos merecemos esto?

Y todo esto tenemos que aguantarlo las mujeres, porque los hombres pueden. Y porque es normal. Pero yo me niego a que siga siendo así, y estoy hasta el coño mismo, perdonando la expresión, de tener que aguantar a los machitos babosos.

Sobre todo, me niego a permitir que esto siga siendo así, no por mi, sino por mi hija. Por todas las niñas que en un futuro no muy lejano les tocará topar con algún degenerado así en su vida. Por mi hija, que es la que me duele.

Pienso en que no se cómo, pero tengo que darle las herramientas necesarias para detectar y huir de estos animales acosadores. Que sepa lo que jamás deben hacer en su cuerpo. Lo que no está bien. Que sepa, sobre todo, que si le sucede, no es culpa suya. No puedo decir que me gustaría enseñarle a defenderse porque no se hasta qué punto defenderse es lo mejor que se puede hacer, sobre todo frente a un hombre violento. Pero al menos, darle la confianza necesaria para que me lo cuente todo. Que sepa que siempre la voy a proteger, nunca a culpabilizar. Y que no me voy a cruzar de brazos ante un acto así.

Espera, ¡¡¿¿QUÉ NARICES ESTOY DICIENDO??!! ¡¡¡NOOO!!!. ¡¡¡No tenemos que esperar a que pase nada!!!.

Lo que tenemos que lograr es que los hombres dejen de creerse en el derecho de avasallar a las mujeres. Dejar claro que no vamos a dejar pasar ni una. Hacerlo público y visible. Condenarlo ferviertemente. Sacarles los colores para que no se atrevan a tocar a una mujer en contra de su voluntad, ni siquiera a soltar un “piropo” que no tenemos necesidad de oír. Que sean ellos quienes pasen vergüenza por ser unos acosadores, y no nosotras por ser acosadas.

No se qué podemos hacer, así en concreto, pero hay que hacer por nuestras hijas, que son las mujeres del futuro. Al menos, educarlas en el respeto a sí misma, a su cuerpo y a su voluntad. Y a nuestros hijos, educarlos en el respeto a las personas en general, y a las mujeres. Educación en igualdad y respeto. Educarles en las relaciones de pareja, amistad, afectivas y sexuales. Que los hombres del futuro no sean como los del pasado, y muchos del presente.

Porque, en el fondo, la educación es la base, aunque no la solución definitiva. Ojalá fuera tan fácil. Corresponde a toda la sociedad poner fin a la normalización del acoso a la mujer.

Poco más me queda por decir, aunque por desgracia de este tema hay mucho por hablar. Me encantaría, esto sí, que compartieras conmigo todo aquello que creas que podríamos hacer. Todo lo que se te ocurra. Porque desde luego, entre todas somos más fuertes.

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One thought on “Por qué las mujeres no denunciamos el acoso sexual

  1. Elena

    Amén amiga!
    Siento mucho que hayas vivido tan fea experiencia. Es verdad que hay hombres que hacen lo que sea por un polvo. Tu me entiendes.
    Besos

    Responder

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