Actividades en familia: Visita a «La Reserva del Castillo de las Guardas»

Hace dos fines fin de semana hicimos algo que teníamos ganas de hacer ya desde hace tiempo y que, por una razón u otro, lo habíamos ido dejando: visitar la Reserva del Castillo de las Guardas.

Nosotros -es decir, Papá y yo sin niños- ya habíamos ido en varias ocasiones, por eso teníamos tantas ganas de ir con nuestros peques, porque sabíamos que lo iban a disfrutar muchísimo, y no nos hemos equivocado.

La Reserva del Castillo de las Guardas no es un zoológico, ni mucho menos. Es el mayor parque de animales en semi libertad de Europa, donde conviven más de 100 especies en condiciones similares a las de su hábitat natural. Es decir, los animales no están enjaulados sino que campan a sus anchas por unos terrenos muy bastos, viven en amplias manadas y conviven unas especies con otras como si estuvieran en la propia selva.
Este modo de vida les permite procrear y perpetuar su especie, por lo que nos encontramos con ejemplares de animales en peligro de extinción que han aumentado su número gracias a poder reproducirse en un entorno favorable.
Desde luego que nada mejor como su hábitat para nacer y crecer en libertad plena, pero no debemos olvidar que la gran amenaza de muchas especies somos los humanos, la caza furtiva y la caza por intereses económicos ha puesto en peligro a muchas especies, por lo que, pese a no estar en plena libertad, en esta reserva viven en un entorno amplio y respetuoso, en amplias manadas, por lo que se ofrecen unas condiciones de vida y reproducción dignas, fuera de los peligros de ser presas de la caza desmedida.

Lo que caracteriza a este parque, además, es que permite la interactuación directa con los animales, pues se visita en un tren neumático o en el propio vehículo, lo que te posibilita parar en cada entorno, dar de comer a los animales y observarlos detenidamente, sobre todo si vas en coche, ya que supone ir a tu ritmo.

Al llegar coincidió que faltaban unos minutos para que empezara el espectáculo de leones marinos, así que paramos a comer unos bocatas y nos fuimos al anfiteatro a ver a esos animalillos que tanto nos gustan, ¿Por qué?, pues porque son muy simpáticos y graciosos. Ya nos lo pasamos genial en año pasado en Zoomarine viéndolos y, aunque aquí era un espectáculo más pequeñito, disfrutamos mucho. Iván no paraba de reírse y Antía bueno, con reservas, porque se ve que los bichos grandes le intimidan a la pobre.

Luego nos fuimos a ver la reserva que, por supuesto, hicimos la visita en coche. Son 15 km de recorrido en los que se pueden ver muchísimas especies de animales: emús, avestruces, osos pardos, guanacos, elands, cebras, jirafas, elefantes, hipopótamos, rinocerontes, chimpancés, macacos, watussi, bisontes, dromedarios, nilghais, oryx, leones, tigres, sprinbooks, muchos de ellos conocidos otros ya veis qué nombres tan raros.

Lo mejor es que los animales se acercan al coche a averiguar quién les está observando, además está permitido darles de comer (de hecho a la entrada de la reserva te ofrecen bolsas de comida -2 bolsas de pan duro por 1€-), por lo que vienen interesadamente porque saben que se van a llevar el buche bueno. Así están de gorditos y bien criados, si es que alimento no les falta.

El animal que más abunda es el emú, campan a sus anchas por la reserva, se acercan sin pudor y no dudan en meter la cabeza a través de la ventana del coche a observar detenidamente su interior. Iván estaba alucinado y encantado, no se atrevía a ofrecerles pan de sus manos pero se lo ponía sobre los muslos y el emú de turno (porque ya digo que hay muchísimos a lo largo de todo el recorrido) metía su cabeza y con el pico cogía el trocito de pan. Antía no hizo muy buenas migas con los emús, tanto interés y tanta cercanía la asustaba y lloraba a gritos cada vez que uno asomaba a su ventana, así que solo abrimos la ventana de Iván y ofrecíamos el pan para que acudieran por allí.

La verdad es que Iván disfrutó a lo grande con cada uno de los animales que íbamos viendo, parábamos mucho, nos hacía preguntas sobre ellos y acercaba sus manos sin reserva. Incluso hubo varios momentos en los que bajamos del coche para verlos mejor, por ejemplo a los osos pardos, que están al otro lado de un río, tras un muro natural, echándose una bendita siesta y rascándose la barriga a placer; daba gusto verlos, había al menos 5 osos a la vista, todos durmiendo tranquilamente, y según avanzábamos podíamos ver las diferentes oseras, precioso. También bajamos a ver a los elefantes, había varios, dos de ellos dándose un baño en una charca, jugando entre ellos con sus trompas y patas, espectacular y muy natural. Paramos a ver a los hipopótamos sumergidos en sus charcas, solo veíamos burbujitas hasta que al rato asomaban su enorme hocico. Paramos a ver a los tigres y leones que estaban en un entorno protegido por una vaya verde, se los veía reposar a la sombra y gordotes, no como en otros zoos que se ven animales escuálidos. Paramos para ver a las jirafas, uno de los animales favoritos de Iván, se dejaron acariciar y fue una gozada. Los guanacos, similares a las llamas, eran muy simpáticos, al igual que los dromedarios; eland, oryx y nilghais se acercaban al coche como si nada, y los watussi con sus tremendos cuernos, daban mucho respeto verlos asomarse a la ventana pero daban la impresión de ser bastante mansos, las cebras se acercaban con curiosidad aunque en este caso había carteles que alertaban de que mordían, así que guardamos las distancias. Fue un disfrute total, no había animal con el que Iván no se sorprendiera, no paró de sonreir y de hablar emocionado en toda la visita.

Al acabar paramos en la zona peatonal, me puse a Antía en la mochila ergonómica porque le daba miedo ir andando, y allí había cabras y chivos correteando entre nuestras piernas, patos, pavos reales con sus espectaculares plumas abiertas -algunos enseñando solo su real retaguardia- había unos roedores muy graciosos que eran una mezcla de conejo y perro, loros y guacamayos, sorpresa tras sorpresa y todos los animales al alcance de nuestra mano. Iván se lo pasó genial con las cabritas y chivos que nos perseguían y trepaban por nuestras piernas, Antía miraba desconfiada desde la altura de la mochila.

Íbamos a subir en barca para dar un paseo en la enorme laguna natural pero Antía se durmió y no me daba confianza subirme a la barca con ella en la mochila -y es que no me gustan nada las barquitas, lo reconozco. así que optamos por merendar junto a los columpios y dejar que Iván jugara un ratillo antes de irnos.

A la entrada nos habían dado un ticket con el que nos darían un regalito en la tienda de recuerdos así que fuimos a por él, pero el regalo eran chuches gratis. Iván sobre la marcha dicho «pero si a mi no me gustan las chuches», y no pidió nada a cambio, así que nos fuimos. Como Papá había ido a dejar la mochila de la comida al coche al volver le dijo Iván «Oh Papá, no ha habido suerte, el regalo eran chuches y a mi no me gustan las chuches porque no son sanas»; yo no pude evitar reírme al escucharlo, que espontáneo es y con qué naturalidad lo dice, para colmo remató con «a mi no me gustan las gomitas porque hace «gomitar», jajaja, a eso lo llamo yo aplicar la lógica.

Ya era hora de irse porque cerraba la reserva pero Iván quería despedirse de sus amigos los emús así que nos acercamos andando a la zona donde comienza el recorrido en vehículo, con el pan que nos quedaba, y en un momento nos vimos rodeados por emús solícitos, buscando su trozo de pan e Iván, lejos de asustarse, se lo estaba pasando en grande. Antía, como no, se acurrucaba en la  mochila, ojos que no ven.

Lo pasamos genial, tanto que nos regalaron un dvd sobre la reserva y al llegar a casa tras casi hora y media de camino, cansadísimos de todo el día fuera, tuvimos que ponerlo porque Iván quería verlo ya, y lo vio ¡3 veces! mientras recordaba y comentaba todo lo que había vivido ese día con los animales. Y por supuesto, el lunes se lo llevó al cole para compartirlo con todos sus compañeros, pues además estaban trabajando un proyecto sobre animales. La pena es que no hicimos fotos porque se me ha estropeado la cámara y los móviles modernos estos se quedan sin batería enseguida.

He visto bastantes zoológicos y lugares de exposición de animales y, sinceramente, no hay ninguno que se compare a esta reserva, pues son muy respetuosos con los animales y se ve que viven en unas condiciones excelentes, bien alimentados, bien cuidados y en una semi-libertad que nada tiene que ver con la cautividad de las jaulas y zonas acotadas de un zoo.

El hecho de poder interactuar directamente con los animales hace que sea una experiencia divertida y única, sobre todo porque no es habitual poder verlos tan cerca, tocarlos, darles de comer, disfrutarlos en un entorno tan natural que inspira libertad y conocer especies de animales desconocidas.

Así que si tenéis la oportunidad os aconsejo ir porque vale la pena. La entrada cuesta 22,50€ y en nuestro caso nos ahorramos la de Iván porque con el carnet de La Banda -el club infantil de Canal Sur- es una entrada de niño gratis con una entrada de adulto, y yo tuve el acierto de hacerlo socio hace tiempo por lo mismo. Podéis llevar pan duro de casa para dar de comer a los animales; allí hay restaurantes y bares para comer con menús variados a precios muy asequibles y zona de merendero para llevar y comer nuestra propia comida; también hay una zona de barbacoas, piscina libre en verano y alojamiento en bungalows para quien quiera hacer una estancia allí. Actividades como karting, paintball y otras, un hotel al estilo del Oeste con actuaciones… En fin, aquello está montado para disfrutar a tope.

Iván está deseando volver, así que estoy segura de que no ha sido nuestra última visita.

One thought on “Actividades en familia: Visita a «La Reserva del Castillo de las Guardas»

  1. Anónimo

    Keria saber si a las familias con carnet de familia numerosa tienen descuentos

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